Visibilización muerte perinatal

El que un hijo muera, antes, al nacer o luego de nacer, es algo que queda para siempre. Pero aún el duelo perinatal es algo poco comprendido o invisible para el personal médico y la sociedad en general. Es un proceso inevitablemente doloroso y con bajo reconocimiento social, lo que dificulta más la situación.

Aún no hay formas claras de llevar o enfrentar estas muertes, en Chile recién este año se aprobó una ley con protocolos estandarizados para el manejo y acompañamiento de la muerte de un hijo en el periodo gestacional o perinatal, la Ley Dominga. Y, aun así, sigue siendo un tema tabú, algo desconocido, que la gente prefiere olvidar, no preguntar, silenciar, ya que no sabe qué decir, o repele el dolor.

El silencio y el secretismo que rodean a la pérdida perinatal tienen que ver, entre otras cosas, con la intimidad. La mujer ha aprendido durante siglos a no hablar de aspectos como la menstruación, la sexualidad, la fertilidad, el embarazo o la menopausia más que en círculos privados y con otras mujeres. Estos fenómenos naturales se han visto envueltos en un halo de misterio y también ha sido esa la suerte de la pérdida del embarazo, que conjuga los tabúes de la sociedad actual sobre la muerte, el sexo y la reproducción (López García de Madinabeitia, 2011).



Las cifras de muertes fetales y perinatales (antes de los primeros 30 días de vida), en Chile, según Minsal, 2017, están alrededor del 0,8% de los nacidos vivos. Cifra no menor y que deja al descubierto la cantidad de padres que vuelven a su hogar o se quedan con los brazos vacíos, la cantidad de padres que viven duelos desprotegidos y en silencio.

Es imprescindible que, durante el periodo de duelo, los padres sean acompañados y acogidos por el personal médico, el cual, hoy en día no tiene la formación necesaria, ni los medios para hacerlo. Lo ideal es que puedan al menos dar espacio el sufrimiento, resolver sus necesidades básicas y permitirles el espacio y facilidades para vivir el proceso a la medida de cada uno. Para esto es básico el conocer todas las opciones, para poder comunicárselas.

En el caso de la madre, quien lleva a su hijo en sus entrañas y comparte su cuerpo y latidos con él, el vínculo es más estrecho y puede llevar a duelos más intensos que los vividos por el padre o hermanos. Pero el duelo es algo que se vive y vivencia de manera particular y diferente por cada individuo, y la intensidad de los sentimientos no debieran tener medidas, solo ser acompañados desde el amor y la aceptación.

Para la vivencia de un duelo, es importante darle espacio a los sentimientos, sentirse protegidos, validar lo que puedan sentir, para evitar que el duelo se complique. Los grupos de apoyo psicológico a familias que están viviendo un duelo perinatal, son grandes herramientas para sobrellevarlo acompañados y sentirse comprendidos y en general están formados por los mismos padres que han tenido esta vivencia.



Es importante recalcar que, frente a una muerte, no hay quien quiera olvidar a su ser querido, menos a un hijo, aun cuando no pudiera compartir una vida con él/ella. Y los recuerdos se mantienen a través de signos u objetos materiales, físicos y a través del relato. De ahí es que es tan importante darle su espacio al hijo en la familia, en el hogar, a través de algo que lo rememore, una ecografía, una ropita, una vela o un dibujo familiar; así también como el contar o hablar de él/ella cuándo y cuánto sea necesario.

Además, como parte de la elaboración del duelo sano, es importante vivir cada una de las etapas, tal cómo la despedida física: el recibir al hijo, aún cuándo nazca sin vida; fotografiarse con él/ella, vestirlo si es posible, crear recuerdos; y el funeral o ceremonia de despedida; son indispensables. Aun cuando muchas veces los padres no se sienten preparados para hacerlo o deciden no hacerlo, puede hacerlo algún familiar cercano o generar instancias de despedida posteriores.

Socialmente es difícil enfrentar este tipo de situaciones, generan incomodidad y el no hablarlo, en realidad solo aumenta la sensación de soledad y dolor en los padres. Hablar y visibilizar estas situaciones ayuda a otros en la misma situación, a sentirse acompañados y dan espacio al recuerdo, al homenaje público de los que no están.

La llamada Ley Dominga, busca permitir un espacio institucionalizado y estandarizado para la vivencia del duelo de una manera más propicia; busca informar y propiciar protección y cuidado amoroso a los padres que han perdido un hijo en edad gestacional o perinatal y lo hace de la siguiente manera (Chile Atiende, 2021):

“Los profesionales de la salud deberán explicar de forma adecuada al padre, madre y personas significativas sobre el fallecimiento de su hijo o hija, y los procedimientos a realizar.

Contar con asistencia inmediata y seguimiento multidisciplinario (matrona, psicólogo y psiquiatra).

Toda pérdida de un hijo o hija, independiente de las semanas de gestación u horas de vida, debe ser reconocida; identificando datos del nonato o neonato, como nombre, peso, estatura, sexo y hora de nacimiento.

Velar para que paciente que viven este proceso no sean hospitalizadas en las áreas de maternidad de los centros de salud, evitando tener contacto con recién nacidos.

Autorizar a al menos un acompañante durante procedimientos de legrado, ameu, inducción de parto o cesárea. Si el recinto lo permite, los controles posteriores se realizarán en salas aisladas y/o en horarios en los que no haya mujeres embarazadas o madres con sus recién nacidos.

Brindar espacios de contacto digno y apropiado con la hija o hijo fallecido para iniciar el proceso de duelo. Permitir mirarlos, acunarlos o tomar registros de foto o video. En caso de muertes en el tercer trimestre de gestación, ofrecer la opción de disponer de los restos ovulares.

Aumentar a siete días el permiso laboral en caso de muerte gestacional y a 10 días ante la muerte neonatal de un hijo.

Asegurar que las mujeres o personas gestantes con antecedentes de muertes perinatales tengan acceso a acompañamiento de un equipo de duelo perinatal en las siguientes gestaciones.”

Nosotros nos acostumbramos a escuchar los relatos de nuestras abuelas de haber perdido hijos como si nada hubiera pasado, cuando en realidad los relatos iban cambiando en la medida que avanzábamos en generación. Si nuestras madres lo vivenciaron, probablemente lo relatan con mayor pesar. El personal médico, por su parte, en su lógica asistencialista o desde una visión protectora negacionista, hacía desaparecer rápidamente al hijo sin vida y se establecía un completo silencio o frases tales como, “eres joven”, “seguro tendrás otro”, “igual no iba a vivir”, “quizás es para mejor”.

Similar era el cómo lo enfrentaban los más cercanos que se enteraban. Ya que no sabemos lidiar con el dolor, ni menos con la tan temida y desconocida muerte.

Hoy la propuesta es diferente, es de alguna manera acercarnos al dolor, hacernos parte, sentirnos parte y acompañar, no solo físicamente, si no que escuchando a los padres de hijos nonatos y neonatos fallecidos. Respetar el proceso individual de duelo de cada quien, y validarlo en este mundo que a veces tiende a olvidarse de los que ya no están, pero que para algunos siguen muy presentes.


Bárbara Wiedman
Mamá de dos
Psicóloga Clínica Perinatal
Facilitadora Círculos de Mujeres
Instructora Kangatraining
@comercriaraamar